ddddddd“No sé lo que quiero y no pararé hasta conseguirlo.”

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jueves, 22 de agosto de 2013

Kamikaze.

Dice la leyenda que los seres humanos fueron creados originariamente con cuatro brazos, cuatro piernas y una cabeza con dos caras. Ante el temor de su poder, Zeus los dividió en dos seres separados, condenándolos a pasar sus vidas en busca de sus otras mitades. Así nacen las almas gemelas o las medias naranjas o como quieran llamarlo.

Yo nunca fui de mitos, ni de leyendas, pero a ella le gustaba contarme historias así, como las mil más que se inventaba. Aunque, sin duda, ésta siempre fue mi preferida. Quizá por el hecho de que me la contaba justo mi otra mitad. Quizá porque habíamos conseguido convertirnos en una sola entidad. Quizá porque sabíamos que ni siquiera Zeus, el dios de dioses, podría con nosotros uno. Uno, porque ya no éramos dos.

Pero claro, el amor todavía no ha aprendido a combatir la leucemia, aunque créanme cuando les digo que de verdad lo intenta.

El día que me dijo que se estaba muriendo fue un día gris, por dentro y por fuera, el frío empezaba a cubrirlo todo, y con su terrorífica noticia ella atrajo a los relámpagos, que absorbieron toda mi luz, y a los truenos, que camuflaron mis gritos, y, por último, a la lluvia, que salió de mis ojos inundando la ciudad. Esa tormenta duró tan sólo unos minutos pero desde entonces, en mi interior, no ha cesado el invierno.

Y ahora han pasado trece horas desde que ella se ha ido, no sé muy bien a dónde, no sé muy bien por qué. No me gusta decir que ha muerto, porque no es cierto, una persona muere cuando se la olvida, y créanme que Arizona es una de esas personas que dejan huella, a fuego, de por vida. Trece horas, que se me han hecho tan largas como trece eternidades. Trece era su número de la suerte. Trece, porque le gustaba ir en contra del mundo, siempre en contra, pero siempre con el viento a favor, no sé cómo lo hacía.

Ella, borracha, me decía que era libertad, y que yo era sus alas, que ella sola no sabía, ni quería volar y ella creía que eso estaba bien, que yo era justo la línea que la separaba de la locura absoluta. A ella le gustaba pensar que era mi libertad y que yo era su locura. Y eso nos gustaba, a los dos, nos encantaba, nos volvía locos, libres.

Trece horas desde que la tuve entre mis brazos por última vez, su cuerpo inerte, su alma ingrávida. Trece horas desde que exhalo su último aliento, rozándome los labios. Después de dos años de dolor, de miedo, de falsas esperanzas, de despedidas, de invierno.

Pero no creáis que todo siempre fue malo, esto solamente fue una pequeña parte de nosotros. Os voy a contar la luz de nuestra historia, para que podáis entender mejor mi decisión.

La encontré un atardecer de verano, en un pequeño rincón de una inmensa Madrid. Con su coleta alta y sus pantalones cortos, cantaba una canción de Bruce Springsteen acompañada de una guitarra y al pasar por su lado me volvió loco, pero ese día no la dije nada, ni al siguiente tampoco, ni al siguiente del siguiente.
Al cuarto día yo ya estaba calado hasta los huesos, pero fue ella la que dio el salto.

Cuando la descubrí, porque a Arizona no se la conocía, se la descubría, me enamoré de ella tres veces.

La primera vez fue en cuanto la vi o, más bien, en cuanto la escuché. Me enamoró su voz, era tan pura y, quizá, triste que casi la podía rozar con mis dedos.

La segunda vez fue el segundo día, cuando me sonrió, quién me iba a decir que esa sonrisa, que no era de este mundo, me iba a salvar de tantos precipicios que vendrían después.

Y la tercera vez fue cuando me salvó la vida, en todos y cada uno de los sentidos en los que una persona te puede salvar, en el sentido que encuentra la vida cuando uno encuentra a su alma espejo, como ella las llamaba.

Arizona decía que las almas no podían ser gemelas, que si eran gemelas eran iguales y entonces no podían encajar, ella decía que yo era el alma espejo de su alma, y viceversa, que nuestras almas eran iguales pero contrarias, simétricas, que encajaban como las piezas de un rompecabezas universal.

Arizona era así, era rara, especial, diferente. No sé ni cómo empezar a describirla, era tanto en tan poco. Y yo me siento tan pequeño hablando de ella. Empezaré diciendo que era preciosa, que tenía una belleza innata, algo extraño que la hacía espectacular. Tenía unos ojos grises que te atrapaban en cuanto los mirabas, y una mirada que transmitía millones de cosas sin querer. Tenía un pelo tan oscuro que te envolvía por completo. Y su sonrisa, ya os hablé de ella, era la curva más perfecta de todo su cuerpo. Tanto que las pocas veces en las que esa curva se invertía, todo dolor parecía mucho más profundo. También tenía la cara llena de pequeñas pecas, formando constelaciones, a mí me encantaban, ella las odiaba. Y unas piernas tan largas que me refugiaban del mundo.

La primera vez que nuestras lenguas se entrelazaron rocé el cielo, incluso sentí vértigo. Sentía que ella era mi abismo, mi salto y mi salvación. Y de cuando me llevaba al infinito mejor ni hablamos. Arizona me hacía sentir de todo, me hacía sentir mil cosas extremas, opuestas, a la vez, y eso me enloquecía. 

Arizona parecía frágil, perdida, era de esas personas a las que sientes que tienes que proteger. Sin embargo, no le gustaba que nadie la rescatase. Decía que no era ninguna princesa, que yo no era un príncipe azul. Decía que le gustaba caer novecientas noventa y nueve veces para poder volver a levantarse mil veces más. Sin embargo, ella a mí nunca me dejaba caer, o no demasiado. Arizona era una melodía que nunca te cansabas de escuchar. Arizona era serendipia, tenía el don de la casualidad. Ella era de ese tipo de personas con las que piensas que nunca vas a tener el placer, o la desgracia, de encontrarte pero que de repente entran en tu vida y arrasan con todo. Arizona era un huracán, indomable, inestable. Ella era de esas que piensas que ni mil vidas bastarían para llegar a rayar la superficie de su personalidad, para llegar a conocerla del todo. Sin embargo, ella conocía cosas de mí que ni yo mismo sabía. Antes de descubrirla pensaba que era perfecta, luego me di cuenta de que no, de que, por suerte, no tenía nada que ver con la perfección.

Y de mí que quieren que les diga, que creo que nunca fui suficiente, pero que nunca dejaré de intentarlo.

Dice mi leyenda que cada alma tiene su alma espejo en otra persona, esa persona que encaja a la perfección en todos los ángulos de tu cuerpo, de tu espíritu. Dice mi leyenda que cuando encuentras a tu alma espejo estás condenado, o destinado, a morir dos veces: una cuando la otra persona muere, ya que vuestras almas están tan firmemente enganchadas, encajadas, que al morir una, muere la otra. La segunda vez es cuando el corazón deja de latir. Mi alma ya se ha roto, ya se ha ido, pero mi corazón no frena, retumba triste en mi pecho, y ahora me toca a mí dar el salto, siempre un par de pasos por detrás de ella.

Yo nunca fui un poeta, pero creo que las cartas de suicidio siempre deben impregnarse de melancolía, y la melancolía, al fin y al cabo, es poesía y leyenda.

Quizá piensen de mí que soy un cobarde, que me he rendido demasiado pronto.
Quizá piensen de mí que soy un valiente, que va detrás de lo que ama.
Quizá piensen de mí que soy un loco, que voy detrás de mi locura.

1 comentario:

Eileen dijo...

INCREÍBLE.

Me has dejado sin palabras, Laura. Impresionante, cada una de las palabras que has usado (incluso las que he tenido que buscar en google xD) todo, el sentimiento, la descripción de Arizona, lo bueno y lo malo.
Alucinante... nunca me cansaré de repetirte lo bien que escribes y el placer que da leerte.