ddddddd“No sé lo que quiero y no pararé hasta conseguirlo.”

dddddd

domingo, 12 de febrero de 2012

Y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres.

El invierno en esa ciudad era una tortura, sobre todo para él que ya no tenía quien le diera calor durante sus largas noches. Estaba solo allí, con el corazón destrozado había hecho sus maletas decidiendo cambiar de ciudad y de vida. Él no sabía, o más bien no quería reconocer, por qué se había mudado a ese lugar tan lleno de gente, con tanto gris y con tanta rutina de lunes, pero un magnetismo irrefrenable tiró de él hasta allí. En realidad sabía perfectamente por qué estaba ahí: porque ella estaba ahí. Ella. Ella no es quien estáis pensando. No es quien le rompió el corazón, aunque de algún modo sí fue así. Ella fue la razón por la que él rompió el corazón a otra mujer, que no se lo merecía pero que mucho menos se merecía seguir con un hombre que pensaba en otra cada vez que le hacía el amor, aunque jamás hubiese besado a esa otra, ni siquiera tocado, y apenas visto, pero era ELLA, él lo supo desde el primer momento, bueno, en verdad, desde el primer momento lo supo ella, él tardó un poco más, bastante más, y cuando se quiso dar cuenta ya era tarde y estaba inmerso en una historia que no sabía como iba a acabar. Pero había logrado escapar de todo eso, y ahora estaba allí, observando aquella extraña ciudad desde el alféizar de su ventana. Y ella estaba ahí fuera, en algún lugar. No tenía ninguna intención de buscarla desesperado por toda la ciudad, tenía la firme certeza de que era ELLA y por lo tanto, ella tenía que llegar a él aparentemente por casualidad, realmente por destino, él la esperaría y si no llegaba nunca no significaría que no era ELLA sino que ella no había llegado a comprender o a querer admitir que él era ÉL.

Lo que estaba haciendo era una locura, llevaba casi dos años sin hablar con ella, sin escuchar su voz, sin oír su contagiosa risa, y ya hacía como cinco años que no se bañaba en sus ojos, ni contemplaba su sonrisa llena de vida. Pero ahí estaba él, echando el resto, dispuesto a dejar de vivir porque ya la había encontrado, y si no era ella no sería ninguna. Ni siquiera sabía si estaba en la ciudad correcta, ella había crecido y a lo mejor había echado el vuelo hacia otro lugar como tantas veces soñó, como tantas veces soñaron juntos. ¿Dónde había quedado aquella isla desierta en la que sólo existían ellos dos? Pero algo en su interior le decía que ella no abandonaría tan fácilmente la ciudad que tanto amaba, o al menos no del todo. Tenía esperanzas de sobra puestas en su plan, para él nada podía fallar.

Y así pasaron los días, las semanas, los meses y casi los años. Y resultó ser que aquel hombre no estaba tan desencaminado. Todo ocurrió un mes de octubre, su mes favorito. ¿Y dónde iba a estar ella en su mes favorito si no era en su ciudad favorita? Él no recordó que día era hasta que la vio, paralizado como estaba no podía dejar de mirarla, y ahí estaba él en medio de la cafetería con su mirada fija en ella o, más bien, en el libro en el que ella estaba sumergida, mientras un café humeante descansaba a su lado. Largo de leche y doble de azúcar. Pensó él, que todavía recordaba esas pequeñas cosas de ella. Cuando por fin, recuperó el control de su cuerpo no supo que hacer y, como un idiota, salió pitando de allí. Pero su estupidez no duró mucho tiempo, dos pasos más y dos dedos se plantaron en su frente, su conciencia había vuelto con él y le dijo: Vuelve ahí dentro y amala más de lo que ha amado nadie en su vida. Y él, no necesitó escucharlo dos veces, volvió a aquella cafetería y ahí seguía ella, exactamente como la había dejado aunque con unas cuantas páginas más leídas y un café que humeaba bastante menos aunque seguía igual de lleno. Se acercó a su mesa, se aclaró la garganta y ella siguió sin inmutarse. Él le giró la cara, y ella, asustada le tiró el café encima sin querer, o queriendo inconscientemente, pero cuando sus miradas se cruzaron ella se quedó perpleja, petrificada, sin poder creer que fuese él, que de verdad le tuviese delante, después de tantos años y de tan pocos adioses. Él no se esperaba lo que sucedió a continuación, cuando ella le pegó una bofetada con todo el odio del mundo y con su mala leche característica, y salió corriendo de allí, él tenía muy claro que no la iba a volver dejar escapar, así que salió corriendo tras ella. No tuvo que correr mucho, en el mismo lugar en el que su conciencia había vuelto a él, su amor por él había vuelto a ella. Se paró en seco, confundida, tenía que aclarar las cosas con él, tenía que saber en que punto estaba su vida y él tenía que saber en que punto estaba la vida de ella. Aunque eso era más secundario, él la seguiría al fin del mundo sólo para que fuera feliz. Él esperaba, aparantemente paciente, a que ella decidiera algo, a que diera el primer paso, o a que dijera la primera palabra, y así sucedió:

- ¿Qué haces aquí? - Su voz fría como hielo le heló la sangre a él, que por primera vez dudó.

Dudó de lo que ella sentía por él. Se dió cuenta de que durante todo ese tiempo había sido un egoísta, tenía muy claro que él la quería y siempre dio por hecho que ella a él también, pero ¿en serio iba a seguir queriéndole después todo el daño que le había hecho durante esos años? No se lo merecía, ¿cómo podía haber sido tan ingenuo? Más confundido que nunca y deseando que esa incertidumbre acabará cuanto antes decidió ir al grano:

- Eres tú.

- Bravo, veo que tu inteligencia no conoce límites. ¿Qué pasa que tú no eres tú? ¿O es que ya no eres aquel cabrón, idiota e insensible que un día me dijo que me amaba y al siguiente había huido con otra? - eso no era del todo cierto pero ella seguía dolida y sus palabras destilaban su dolor.

- No, no me has entendido. Quiero decir que, ¡eres ! ¡En mayúscula, negrita, subrayada y cursiva! ¡Entre signos de exclamación, si quieres! ¡ERES TÚ, JODER! ¡Con palabrotas de por medio para que le den más veracidad, para que te enteres de una vez por todas de que estoy en esta ciudad por ti, que vine a buscarte, a encontrarte, a decirte que eres , y que no hay ninguna otra, que nunca debería haberla habido, que dejarte ir sin hacer nada fue el error más grande de mi vida, que no hay día en el que no me arrepienta de haber sido tan estúpido y de no haberme dado cuenta de lo que sentía por ti, de lo que me hiciste sentir desde la primera vez que hablamos, desde la primera vez que tu voz me erizó la piel y una parte de mi corazón a la que no quise escuchar me dijo: ¡ES ELLA! - Poco a poco se habían ido acercando, y mientras soltaba todo aquello que había guardado bajo llave en su interior durante tanto tiempo, le agarró de las muñecas, para asegurarse de que no se iba, porque tenía miedo, estaba cagado de miedo, y le apretaba con fuerza, tan fuerte que le estaba haciendo daño sin darse cuenta, pero ella tampoco se daba cuenta. Y él tenía que terminar su jugada, tenía que decirlo, lo que tantas veces le costó decir, aquello que sólo le había dicho a ella en todo su vida, aquello que sólo ella se merecía. - ¡QUE TE QUIER - Pero no pudo decirlo, los labios de ella habían taponado sus palabras.

Ella no necesitaba nada más, a fin de cuentas sabía que era ÉL desde hacía años, y ahora él también lo sabía. ¿Qué más podía pedir?

Porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo quiero algo así... ¿te he dicho ya que te necesito como guionista de mi vida?

A.

Virginia García dijo...

Sólo por el título, merece la pena seguir leyendo. Una vez acabado el texto, es inevitabe que pase a segundo plano.
Eres poco grande, ¿sabes?....